sábado

ES DURO LLAMARSE ALFREDO

Yo. Yo era, digamos… un macho. Antes de morir al menos. Era un macho porque tenía más pelos en el pecho que cualquiera de mis amantes. Mis compañeros de penetraciones anales se sorprendían a menudo de mi hombría. 550 oscuros pelos nublaban mis pezones. También era muestra de mi hombría mi voz ronca. No mentiré se digo que en el televisor los hombres afeminados poseen la maldición de voces aterciopeladas, mientras que los hombres verdaderos tienen voces ásperas. Mi voz era profunda y casi, diría yo, siniestra. Claro que yo nunca llegué a oírla. Yo soy un artista. Como todo artista que se precie tengo un cuerpo grande, un torso de enormes dimensiones coronado por una diminuta cabeza. Mi cabeza es, sobre mi cuerpo, caricaturesca,, minúscula, ínfima, hasta tal punto que me olvido a menudo el paraguas cuando no llueve y lo saco cuando no hace sol, y nunca tengo migrañas, pues en tal pequeñez no caben cerebro y dolor a la vez.

Me gustaría contar lo que me pasó el último día que viví el mundo tal y como lo conocía. Era un sábado como otro cualquiera, así que entré en el lavabo a vomitar sangre y alcohol. Al arrodillarme frente a la taza del wáter vi a un hombre mirándome con ojos de neón. Yo le miré también, por educación, mientras me corría el vómito grisáceo por la comisura de los labios.
-Puedo mirar –dijo él-, ¿verdad? Me gusta. Me gusta tanto…
No supe qué decir en aquel momento, de modo que volví a expulsar bilis sintiendo su mirada inquisitiva. No podría decir que me molestase en ese momento, diría que incluso me provocaba una ligera excitación. El problema comenzó cuando empezó a sacar natilla de su ombligo, natilla que fue transformándose y tomando forma, primero sólo sacudiéndose como rama violenta, luego en reptil y finalmente en brazo humano, con tatuaje de “amor de madre” incluido, que me sostuvo en el aire varios minutos. Fue entonces, creo, cuando morí, al menos según mis prejuicios católicos. La natilla se adentró en cada poro de mi piel, penetrando y fragmentando mis órganos. El momento de la explosión produjo algo de sangre… al fin y al cabo era la primera vez que era violado por un alienígena. Después sólo quedé en el suelo, tornado a mancha negra, esperando la fregona.
La siguiente mirada que vi fue la de mi amigo.

-He tenido la noche más rara de mi vida –me dijo, con su natural perspicacia-. Me he reunido con la mitad de la quinta convención de antropófagos neozelandeses y nos hemos pasado la noche entre ritos satánicos, aullidos a la luna y todo tipo de vejaciones. Ha sido fantástico, me han orinado encima, me han arrancado algunos miembros, e incluso me obligaron a probar el pollo a la Pantoja. ¿Cómo lo llevas tú?
Yo no sabía que decir en aquel momento. Mi amigo estaba como siempre (salvo porque le faltaba el brazo izquierdo y en su lugar sólo tenía un desagradable y supurante muñón), mientras que yo era una mancha negra en el suelo de un lavabo público.
-Te veo raro –siguió Ernestino-. No me digas más, ¡te ha violado un alienígena y has acabado convertido en una mancha negra esperando la fregona. Siempre andas compitiendo a ver quién pasa la noche más loca, ricura. Esta vez te has superado.
Dicho esto se fue. Quise gritar, pero las manchas no tienen boca. En realidad no tienen nada, excepto mancha. Así que me resigné y esperé la llegada de la señora de la limpieza. Cuando llegó me fregó, me estrujó y me echó en un sucio cubo de agua de fregar. Entonces fue definitivo, morí.
Yo soy católico, como ya he dicho. Por esto no pude evitar sentirme estúpido al ver que me había reencarnado. Después, ya acostumbrado, me rasqué el lomo. Y es que es duro ser un perro con pulgas llamado Alfredo en una ciudad que no sabe que los perros tienen nombre. Es duro que te llamen Toby, Rufus, Roky, Kyara, etc. Ciertamente es duro llamarse Alfredo.