jueves

A GREENPEACE

Al altramuz le digo que sonría,
a ti que la sopa está fría.
Le doy caviar a los patos,
y tú mientras lavando los platos.
Lucho por la penúltima ballena,
pero tú, mujer, te mueres de pena.
Yo soy ecologista, hermano,
que den por culo al ser humano.

SILICONA 3'14

Él pintaba. Eso no quiere decir que fuese un artista. Posiblemente no quiere decir nada. El hecho es que un día uno de sus cuadros se lo tragó. Pasaba horas enteras mirándolo. Decía que era su mejor obra. No dormía, no comía, sólo alimentaba sus sentidos con aquella lúgubre explosión cromática. Los colores del cuadro eran infinitos, desconocidos, irracionales... Todo el mundo quedaba fascinado por el cuadro, atraidos por la leyenda del pintor embrujado. Multitudes acudieron ante el cuadro fantasma. Y multitudes quedaron boquiabiertas, sin vivir, sólo admirando la fascinante obra.

Ya eran miles los zombis que custodiaban el lienzo. Algunos llevaban máquinas oscuras, portadoras de luces. Ante las masas aparecía un hombre barbudo, y por tanto sabio, que decía una parrafada sin sentido, nombrando nombres innombrables, justificando el extraño hecho, para después desaparecer. Poco a poco la gente comenzó a creer las explicaciones del hombre sabio y dejó de mirar el cuadro. Hasta el pintor dejó de mirarlo. Y después lo quemó.

El lienzo se hizo cenizas y las cenizas viento, y el viento sopló hacia otro lugar. El pintor siguió una carrera decente y acabó siendo un honorable ministro de cultura. Su primera labor fue prohibir la decadencia. Esto puso rejas en las manos, y los ojos, y los corazones. El ministro miraba su obra complaciente. Tan sólo se miraba en un espejo.
Un niño acarició la arena, creando formas insólitas. El viento inundó al niño que lo aspiró con toda la fuerza de sus pequeños pulmones. Entonces miró a la arena, y quedó embrujado...

miércoles

SIN TÍTULO II

Destapa la cripta de tu sollozo.
Muéstrate sin miedo.
Desnúdate ante mi mirada híbrida.
Mi esperanza culmina en tu latir.
Vamos, dime niña,
¿quién ganó ayer el partido?

martes

EN EL NOMBRE DEL PADRE

Escucha nuestro llanto,
de los que duermen bajo tus sábanas.
En el nombre del padre,
el que sonría acariciando tu pelo
para abusar de ti a mediacnoche.

Escucha nuestro llanto,
de los que tiemblan bajo tu techo.
Unión hipócrita y normalidad podrida.
Ojalá tus rojos no enrojezcan de nuevo,
ojalá no dejes nunca más en mi tu marca,
ojalá apacigües tu alma atormentada.

En el nombre del padre,
del hombre corriente,
del que nos mantiene,
del asesino.
Del que hincha su piel
entre lágrimas y moretones.
Esperando una nueva ración
de fútbol y violación.
Ojalá mueras como símbolo.
Ojalá se olviden tus plegarias.
Ojalá este poema no tenga sentido.

DEBES SER DEL DEMONIO

Se dirigió a mi con una sonrisa,
casi humana, casi divina,
y me dijo: "debes ser del demonio".

Fue duro oír eso,
como su mirada.
Juro que nunca tuve
cuernos ni fuego.

El predicador vino pronto,
aún era dura la caída del sol,
"no te hace falta fuego", dijo,
"sin duda eres del demonio".

Así que me enseñaron sus cruces,
de modo que me rociaron el cuerpo,
con pócimas, grasas,
y semen de Papa.

Encendieron cirios humeantes,
y rezaron hasta el amanecer,
y los hombres encapuchados
prepararon una hoguera.

Mi madre lloraba sangre,
mi padre golpeaba las paredes,
con rabia, gritando, sin parar,
"este muchacho debe ser del demonio".

Una comisión por la buena moral en la comunidad
me dijo que no era una buena influencia.
Yo sólo me merendé a un par de vecinos,
es que nunca me fue el rollo vegetariano.

Una cotilla me señalaba,
"lo vi, cómo bailaba,
lo vi, cómo reía,
debe ser del demonio".

Cuando las manillas marcaban las dos
y empezaban a arder los leños,
corrí, se que muchos no lo entenderán,
pero no soy ningún mártir.

En el cruce de caminos me masturbé,
no se equivocaban, después de todo.
En mi muslo había una etiqueta,
decía: "propiedad del demonio".

PERRA VIDA

El perro cagó en el viejo roble,
gris ya por la insistente humareda.
Su amo recogió el excremento,
y cuidadoso lo empaquetó;
lo tenía bien adiestrado,
el perro al dueño, se entiende.
Revisión periódica, vacunas,
comida de gourmet, y sexo.
El perro ladraba al dueño,
agotado por su trabajo exclavizador
y las colas de la seguridad social.
El perro era feliz, salvo por términos como
"perra vida" o "perrito caliente",
salvo eso, siendo perro,
tenía una vida más humana
que la de muchos hombres.

EXÉGESIS

Jacarandoso torna a tu lado el viento,
con algo de recato y vergüenza,
con miedo a no poder eclipsarte.

Diáfano el cristal del que te respiro,
concurrido y ansiando mi asma,
sin agallas para mirarte
y ver en ti la nueva masacre.

Retratista el perfil de tu espejo,
el tugurio del que mamaste miedos,
afilado como tu pupila mordiente,
esperando apenas un arrumaco
para hacerme acuarela en tu mirada.

Inclusero mi ombligo,
junto a tu sudor,
esperando preexistir
en la disparidad
de un mundo plano.

E impaciente sacudo
mis zancas, chapoteándote.
Como el zar que raya su imagen
en un espejuelo mínimo,
como el señorito,
creo que el génesis
es la muchacha de mi arrullo,
bebiendo gaseosa
en brazos de tenebroso emisario.

Y nada de esto te teme,
pero nada de esto te explica.

La oxidada tubería.
El dorado xilófono.
Los pezones vidriosos.
Abocetar un presagio.
El jugoso pacto
con alguien con cuernos.
El remolque hacia ningún lugar,
aunque sí volcánico.
El ostentoso anillo de la vecina.
El trazo de tu orina.
Vida.

Ni nada de esto te entiende.

Eres otra máquina del tiempo
de tres mil sueños rotos.
Eres casi estiercol mojado.
Eres recovecos en tu memoria
y vaho de vaso de tabernero.

El futuro es arisco y decimal
a tu semental forma de mirarlo.
Hora licenciado,
hora picapedrero,
o pluviómetro que siente mi lluvia,
o tía rica con chocolatinas,
que cuenta viejas historias
y ciertas cosas que olvido aposta,
como sesos a la parrilla
o tu trono.

Sumisión,
es la palabra que me invade
mirándome en un fogonazo.
Tú, el factor que me obliga a vivirte.

Yo, tu siervo,
esperando el infarto de tu aliento,
sin parentesco con los monos
que me salve de invocar a Sócrates.

Tú, tez,
zambullido,
tráfico,
mísero deseo,
cachiporra sangrante,
esquela en diario amarillista,
espantajo desincronizado,
reliquia de momentos peores,
mucho peores.

Otra máquina del tiempo
programada a ninguna parte,
el lugar del que venía.
Capaz de aterrarme
y hacerme tu admirador.
Esperas en el brasero de las horas,
pero no verás evaporarse
ni una de mis palabras.